Cuatro grandes mitos sobre la maternidad

La maternidad es un asunto central para una gran cantidad trabajadoras en todo el mundo, pero es también una experiencia súper cargada de imágenes y símbolos sobre lo que significa ser mujer y sobre el papel ellas deben y pueden jugar en la vida social y el en ámbito privado. Por todo esto, el presente artículo está dedicado a revisar cuatro de los mitos más difundidos sobre la maternidad y la crianza de nuestras hijas e hijos.

 

Mito 1: Las mujeres tienen
habilidades “naturales” para ser madres


Este es uno de los mitos más difundidos sobre la maternidad. Podríamos decir que es el mito de los mitos porque resume casi todos los malentendidos que tenemos sobre el tema e incluso sobre el lugar que ocupan las mujeres en la sociedad. Desde niñas nos enseñan que las mujeres venimos programadas por la “naturaleza” para ser mamás, por lo que a muchas de nosotras nos cuesta trabajo ver esta práctica como algo que está más influido por la cultura que por la biología.

Para desenmascarar el mito de que las mujeres nacemos listas para ser madres, diversos especialistas han distinguido entre la “maternidad” y el “maternaje”, entendiendo por maternidad solamente la capacidad biológica de embarazarse y dar a luz, mientras que el maternaje incluye todas las actividades que implica la crianza y el cuidado de los hijos. Si bien la capacidad biológica de gestar y dar a luz es natural y exclusivamente femenina, las actividades del maternaje pueden ser realizadas tanto por las mujeres como por los hombres.

En los años sesenta, con la revolución sexual y el surgimiento del feminismo se inició una fuerte crítica hacia las ideas que presentaban la maternidad como el único destino femenino. Desde entonces y hasta la fecha se han llevado a cabo cientos de investigaciones desde muy diversas disciplinas para tratar de entender cómo viven las mujeres la maternidad y qué de innato existe en su decisión de embarazarse y cuidar de sus hijos. Como resultado de toda esta actividad científica, los especialistas han llegado a la conclusión de que el ejercicio de la maternidad está fuertemente influido por la cultura. Esto queda demostrado por el hecho de que las prácticas del maternaje son distintas en cada lugar y varían mucho dependiendo del sitio que ocupan las mujeres en su comunidad, además de que el maternaje ha ido cambiando con el paso del tiempo.

Si bien en las sociedades tradicionales las mujeres dedicaban el 100% de su tiempo al cuidado de su familia, en la actualidad una buena proporción de las mujeres tiene que enfrentar además el reto de sacar adelante su vida laboral. El ingreso de las mujeres al mercado de trabajo ha cambiado mucho el cuidado de las criaturas, de forma que hoy en día miles de niños y niñas son educados de forma conjunta por sus madres, sus padres y por instituciones como guarderías y escuelas.

Además, las mujeres urbanas tienen cada vez menos experiencia y contacto con los menores de edad, por lo que muchas llegan al momento crucial de ser madres sin saber mucho de acerca de cómo cuidar de sus pequeños. Todo esto ha dado paso a cierta “medicalización” y “especialización” del cuidado de los niños, ya que ahora muchas madres acuden con pediatras, nutriólogos y demás “expertos” para adquirir la información básica que necesitan para atender a sus hijos, lo que también echa por tierra el mito de que estamos naturalmente configuradas para saber qué hacer con nuestros pequeños.

Mito 2: Las madres deben ser las principales
responsables del cuidado de sus hijos

Este mito está ligado al anterior aunque se distingue en el hecho de que atribuye la responsabilidad de las criaturas a las mujeres y solamente a ellas. De acuerdo con la investigadora Hortensia Moreno, del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM, en la cultura mexicana los hijos son vistos como si fueran “propiedad privada de las madres”, de manera que cualquier cosa que suceda con ellos es resultado directo del desempeño de sus mamás. Si el pequeño va bien en la escuela, es sinónimo de que tiene una buena madre y, por el contrario, si comete alguna falta o tiene problemas, entonces también se debe a la mala educación que recibe de su madre.

Ver a los hijos como propiedad exclusiva de las madres tiene fuertes consecuencias en la vida diaria de las familias. En muchos hogares, por ejemplo, las mujeres siguen siendo las únicas que toman decisiones como a qué escuela han van asistir los hijos y qué actividades extraescolares van a tener, sin mencionar la elección de la comida, la ropa y los amigos que deben o pueden frecuentar los menores. Para muchas, tomar todas esas decisiones les resulta tan “natural” que pocas veces se cuestionan si sus parejas o sus hijos mismos tienen algo qué decir al respecto.

La atribución directa de la responsabilidad de los hijos hacia las madres está ligada al mito de que existen “buenas” y “malas” madres. En nuestra sociedad se considera que las “buenas” madres son aquellas que más se acercan al ideal de la madrecita sacrificada, siempre atenta, responsable, sabia, que todo lo puede y todo lo da en favor de sus hijos. Las “malas” madres, en cambio, son aquellas que se alejan de ese ideal o que fallan en cumplirlo. En esta sociedad donde la maternidad está tan cargada de significados, ninguna mujer quiere ser vista como una mala madre, por eso la tendencia a exagerar y a ver a los hijos como propiedad exclusiva e inalienable de las mujeres.

La forma extrema de apropiación de los hijos conduce casi inevitablemente a la sobreprotección, pero cuando las madres toman conciencia de que sus pequeños  no pueden ser tratados como propiedades, entonces son capaces de ofrecerles un ambiente propicio para que tomen sus propias decisiones con apoyo de sus padres y otros adultos, lo que favorece su desarrollo como personas maduras e independientes.

Mito 3: Hoy en día no es tan difícil
combinar la maternidad y el trabajo

Hemos escuchado hasta el cansancio que las mujeres pueden hacerlo todo, que ya han demostrado que se puede combinar armónicamente la familia con el trabajo y que incluso a algunas que les queda energía para hacer ciertas cosas más. Y la verdad, a todas nos gustaría que todo esto que suena tan bonito fuera así de sencillo en la vida real. No obstante, la vida cotidiana de muchas mujeres demuestra una y otra vez que las cosas son bastante más complicadas, pues la mayor parte de las veces, las mujeres que trabajan y tienen hijos se ven a sí mismas con una carga de trabajo extenuante, exigente y muy difícil de sobrellevar.

En la actualidad la sociedades modernas apenas están comenzado a reconocer lo que se ha dado en llamar la “doble jornada” de trabajo de todas esas mujeres que además de cuidar de su familia continúan trabajando fuera del hogar. En su libro The Price of Motherhood (El precio de la maternidad, Metropolitan Books, 2001), la periodista norteamericana Ann Crittenden argumenta que el trabajo de las madres ha sido durante décadas un trabajo invisible y que hasta ahora no ha recibido un el reconocimiento que debería tener por parte de la sociedad.

En un texto lleno de humor negro, esta autora critica que los políticos de todos los partidos sigan repitiendo hasta el cansancio que el trabajo de las madres “es el trabajo más importante de la sociedad”, pero a pesar de ser tan importante, ninguna mujer puede ponerlo dentro de su Curriculm Vitae. “En el siglo XX las mujeres pueden estar alcanzando la igualdad, pero las madres se mantienen a la zaga de todo ese avance”, afirma Crittenden. Ella argumenta que existen una contradicción tremenda hacia las madres, pues mientras los políticos manejan una retórica que ensalza el trabajo materno por encima de cualquier cosa, en el mercado laboral persiste una especie de castigo para las mujeres que deciden dedicarse exclusivamente a sus hijos, ya que al querer reintegrarse al mundo del trabajo casi siempre deben “maquillar” su Curriculum para que “no se note” que han estado alejadas del campo laboral.

Cuidar de los hijos es un trabajo que consume mucho tiempo, dice esta autora, pero trabajar y cuidar hijos es 200% más difícil, y aún así las mujeres lo hacen, siempre a costa de pérdidas personales. ¿Que cuáles son esas pérdidas? Entre las más comunes están:

  • Horas de sueño: Las madres trabajadoras duermen menos que nadie. El promedio va de 4 a 6 horas por día.
  • Tiempo libre: Una madre que trabaja generalmente no tiene tiempo para sus amigas y muchas veces ni para ella misma.
  • Desarrollo personal y profesional: Muchas madres trabajadoras se ven orilladas a aceptar trabajos de medio tiempo que les permitan combinar su trabajo con el cuidado de su familia, pero estos trabajos generalmente ofrecen bajos sueldos y pocas posibilidades de desarrollo profesional.

No obstante, decir que la maternidad es una trabajo pesado tampoco es una buena carta de presentación, ya que a las mujeres se les enseña que todo su esfuerzo se hace por amor y será siempre compensado por el cariño de sus hijos. De acuerdo con la psicoanalista mexicana Cristina Palomar Verea, la maternidad es vista en nuestra sociedad “como una relación de amor incondicional”, por lo que no resulta sencillo para las madres hacer mención de los costos personales que tiene el ejercicio de este deber femenino.

Mito 4: La maternidad es un asunto estrictamente privado
Si bien la decisión de formar una familia es y debe seguir siendo estrictamente personal, el hecho de tener hijos es un asunto social porque tiene que ver con la continuidad de la humanidad como especie. La maternidad no es un problema estrictamente personal porque se trata de una actividad que aporta al conjunto social los recursos clave para su subsistencia, es decir, los recursos humanos, sin los cuales no podríamos garantizar la reproducción y continuidad de la sociedad.

Por lo anterior, las madres y especialmente las madres que trabajan aportan más valor que ningún otro grupo de trabajadores en la sociedad, pero además estas últimas llevan a cabo una doble jornada laboral con muy pocos apoyos sociales. Si la sociedad en su conjunto se tomara más en serio el trabajo invisible que implica la maternidad, habría más servicios para las madres trabajadoras, más guarderías y apoyos para impulsar sus carreras, lo que redundaría en un maternazgo más feliz y menos estresante para todas ellas. Si la sociedad valorara más el trabajo de la crianza de los hijos e hijas, las madres trabajadoras podrían llevar una vida equilibrada sin tener que pagar los altos costos personales que muchas siguen pagando en la actualidad.