La envidia y la competencia entre mujeres

Las relaciones entre mujeres pueden ser profundamente gratificantes, constructivas y satisfactorias, pero también pueden convertirse en una verdadera pesadilla, como sucede cuando aflora la envidia y la competencia.

Los especialistas tienen claro que las mujeres poseen una capacidad especial para alentar y mejorar el desempeño profesional y personal de sus compañeras, y obtener excelentes resultados si se llevan bien con ellas, pero la historia puede ser totalmente distinta si las relaciones son malas. Y lo mismo podría decirse de los hombres, sino fuera porque las mujeres agregan a sus contactos una carga emocional que no está presente en las relaciones masculinas.

La idea de que las mujeres se relacionan de forma distinta a los hombres no es nueva. Ya en 1949 la filósofa francesa Simone de Beauvoir definió a la mujer como “un ser para los otros”, es decir, como alguien que involucra parte de sí misma para satisfacer las necesidades de los demás. Más recientemente, las psicólogas inglesas Susie Orbach y Luise Eichenbaum, autoras de Agridulce: El amor, la envidia y la competencia en la amistad entre mujeres (editorial Grijalbo), plantearon que, efectivamente, las mujeres son educadas para desarrollar unas “antenas emocionales”, que les permiten tomar conciencia de los sentimientos y necesidades de los demás.

Ellas señalan que las relaciones entre mujeres son peculiares, pero no son tan fáciles ni están tan desproblematizadas como nos gustaría, pues detrás de su apariencia de solidaridad: “es posible encontrar un sinfín de embrollos emocionales, de efectos devastadores para las relaciones de unas mujeres con otras”. En su experiencia como terapeutas, han encontrado que muchas mujeres descubren con dolor sus sentimientos de competencia y de envidia, pero que éstos: “parecen demasiado feos, demasiado inaceptables para hablar de ellos”, y terminan por generar una culpa paralizante.

Los anhelos de las mujeres
Pero vamos por partes: ¿por qué las relaciones entre mujeres son tan intensas? Según Orbach y Eichenbaum no hay duda de que las mujeres son expertas en el terreno de los sentimientos, pues sus antenas emocionales: “les permiten ayudar a la gente a sentirse cómoda en su incomodidad, evitar temas de discusión que provocan situaciones engorrosas, ruborizarse cuando alguien siente vergüenza o humillación, o contar una anécdota divertida para aliviar una situación tensa”.

Todo esto sería muy positivo, sino fuera porque las mujeres pagan un alto costo personal por aprender a tomar en cuenta las necesidades de los demás, pues, al tiempo que esto sucede, también interiorizan que hay actitudes que deben rechazar, como tener iniciativa, ser autónoma y tener personalidad propia. De hecho, estas actitudes no se estimulan en la mayoría de las mujeres, a pesar de los muchos cambios que se han dado en la condición femenina.

Una muestra clara de esta educación es la forma en que las mujeres se relacionan entre sí, ya que: “las mujeres confían las unas en las otras con una ingenuidad y una tranquilidad que suele dejar pasmados a los hombres”, y existe un imperativo de compartirlo todo entre mujeres, pues: “no compartir parece extraño, es como negar algo y se vive casi como una traición”.

El origen de esta identificación femenina está en la relación madre-hija, que se caracteriza por un vínculo de fusión que se vive en ocasiones con dicha, pero también de forma problemática. Este vínculo es feliz cuando la madre puede responder a las demandas de su hija sin mucho esfuerzo, pero cuando debe reprimir sus propias necesidades para atender a la hija, la fusión deviene en hastío y provoca en la hija confusión e inseguridad respecto a sus propias necesidades, lo que se refuerza cuando la madre enseña a su hija a comportarse “como una mujer”, es decir, cuando la alienta a ser sensible con los demás y a reprimir sus propios deseos y necesidades.

Así, en las relaciones entre mujeres adultas se establece un nuevo vínculo de fusión que las presenta como si todas fueran iguales, aunque en realidad no lo son. Por esto, en las mujeres hay una especie de pacto para negar las diferencias, como si todas debieran quedarse en el mismo lugar o avanzar juntas al mismo ritmo. Entre mujeres la diferencia se sigue viviendo como algo peligroso y amenazador, pues el pacto parece dictar que: “tenemos que quedarnos donde estamos y seguir siendo lo que somos”.

A pesar de esto, la entrada de las mujeres al mundo del trabajo ha provocado que las relaciones femeninas se modifiquen paulatinamente, y cada vez más mujeres conviven en espacios laborales donde la diferenciación es la norma, ya que las profesionistas cuentan con formaciones diversas y, como consecuencia, sus habilidades son claramente distintas.

“Las mujeres —explican las dos psicólogas— están pasando de ser personas al servicio de los demás, a ser personas con existencia por derecho propio, que se mantienen como personas separadas, individualizadas, aunque sigan conectadas a los demás”. Y durante este proceso de cambio: “necesitan el apoyo y el permiso de las demás mujeres para lograr la autonomía y la autorrealización que persiguen”.

No obstante, mantener la solidaridad con otras mujeres al tiempo que se aprende a convivir como seres independientes representa un enorme desafío a la psicología femenina, pues esto genera una fuerte tensión entre el impulso de seguir “fundidas”, como ocurría en el pasado, y el impulso de diferenciarnos, que se vuelve más y más fuerte en la medida en que hay más mujeres dispuestas a hacer realidad sus sueños.

Envidia y competencia entre mujeres
Al contrario de lo que suele pensarse, las mujeres no son más envidiosas y competitivas que los hombres. Lo que sucede, según las autoras mencionadas, es que cuando una mujer tiene problemas para reconocer sus propias necesidades y deseos (lo que resulta muy común debido a su educación), “se asusta” cuando ve que otra mujer sí es capaz de hacerlo.

La envidia femenina es una muestra de: “hasta qué punto las mujeres viven sus anhelos y deseos e forma conflictiva”, y “descubre hasta qué punto las mujeres creen no tener derecho a una identidad propia ni ser merecedoras de ella. No es tanto el que las mujeres sean envidiosas, sino que la envidia sirve para inmovilizarnos”, es decir, para perpetuar el viejo pacto según el cual “calladitas nos vemos más bonitas”.

No resulta fácil acostumbrarse a la idea de que una mujer puede obtener lo que desea, y menos aún si desde pequeña se le ha negado la posibilidad misma de desear. Reconocer que a la mayoría de las mujeres se les obstaculiza su desarrollo nos permite entender por qué la autorrealización de una mujer puede ser vivida como una traición por parte de otra.

Según las autoras, el sentimiento de envidia suele ir acompañado también de impulsos de competitividad, los cuales pueden ser una manifestación de sentimientos de insuficiencia y falta de confianza, aunque también pueden ser un signo de salud mental, pues pueden estar expresando: “la energía que impulsa a las mujeres hacia la vida, hacia la autorrealización, hacia la diferencia y el derecho a ser ellas mismas”. Así, la competencia entre mujeres puede adquirir tres formas:

1) una lucha por el reconocimiento externo (que surge de la sensación de que los logros personales no son suficientemente valorados),

2) la competencia como forma de encubrir sentimientos de insuficiencia, y

3) la competencia como parte de un intento para establecer una identidad separada.


Esta última forma de vivir la competencia es sana en la medida en que nos ayuda a autoafirmarnos y a ser distintas, pues a final de cuentas todas tenemos derecho a aspirar al reconocimiento, a luchar por realizarnos y a ser vistas como seres individuales. Pero ojo: la competencia, vista de esta forma, no tiene nada que ver con derrotar a una contrincante o hacerla desaparecer del mapa, sino sobre todo con obtener satisfacción a través de nuestros logros profesionales, por modestos que sean. Se trata, en resumen, de tomar el ejemplo de quienes han logrado cosas que nos gustaría alcanzar para aprender de esa experiencia y satisfacer nuestros anhelos personales.

Manejando tus sentimientos
Es casi imposible que una mujer no haya tenido nunca sentimientos de envidia o competitividad hacia otra, aunque el problema radica justamente en reconocer esos sentimientos y abrir un espacio para reflexionar sobre ellos. Debido a que nos han enseñado a negar nuestros deseos, a las mujeres nos resulta muy difícil admitir los sentimientos de envidia y competencia, pero aceptar esos sentimientos no da una dimensión más real de lo que en realidad somos.

Luego, lo que sigue es tratar de hablar con franqueza con las amigas o compañeras de trabajo que nos generan esos sentimientos, sobre todo si nos interesa continuar una relación con ellas. Tener una conversación sincera sobre lo que nos incomoda puede ser complicado porque no estamos acostumbradas a este ejercicio, pero es preciso hacerlo porque si no sacamos a la luz nuestras diferencias, nunca saldremos del vínculo de fusión que nos ha inmovilizado durante tanto tiempo.

Un ventaja adicional que plantea hablar con claridad de estos temas es que podemos salvar relaciones que de otra forma podrían desaprovecharse y, a veces, perder una buena amiga o una colega en el trabajo puede ser mucho más costoso en términos emocionales que perder a todo un equipo.

Hay que tener presente que las mujeres estamos construyendo nuevas formas de relacionarnos entre nosotras, pero también con el mundo, lo que significa que en la actualidad no todas tenemos las mismas opiniones o expectativas sobre una serie de temas típicamente “femeninos” como las relaciones con los hombres, la familia, la crianza de los hijos, etc. Comenzar a aceptar las diferencias de opinión en los asuntos privados y también en el trabajo nos ayudará a fortalecer nuestra individualización, de la cual depende que logremos lo que nos hemos propuesto en la vida.