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Madres e hijas: madurando la relación

20 August 2009 No Comment

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Rosario Taracena

 

La relación madre-hija es una de las más intensas que se dan a lo largo de la vida de las mujeres. Para muchas, lograr la aprobación de nuestras madres, incluso en la vida adulta, tiene el poder de elevarnos hasta el cielo, mientras que el rechazo materno puede provocar en casi todas un profundo malestar. Asimismo, las glorias y fracasos de las hijas son vividos por las madres como una evaluación constante de su papel como educadoras y como un signo inequívoco de la energía y los valores que lograron infundirles en la infancia.

 

Una relación que cambia con el tiempo

En el inicio hay una madre con su hija. Y generalmente se encuentran solas, aunque exista un padre, ya que los hombres en México aún no participan del proceso de crianza tanto como las mujeres. Durante la infancia, las hijas suelen llevar una relación cercana y fluida con sus madres, les platican largamente sobre lo que sucede en su vida cotidiana: los juegos, los amigos, la escuela, lo que les gusta y les disgusta. La madre es su única guía y modelo, pero también suele ser la persona en quien más confían, así que la hija buscar su aprobación y trata de seguir sus pasos.

La situación cambia radicalmente en la adolescencia porque las hijas comienzan a exigir su independencia y esto provoca un reacomodo dentro de la relación, que la mayor parte de las veces es vivido como un “terremoto”. La demanda de independencia por parte de las hijas incrementa la sensación de “control” que las madres desean tener aspectos como su forma de vestir, su sexualidad y sus amistades, aspectos todos que juegan un papel central en la futura identidad de las jóvenes.

En este momento, se inicia un juego de espejos con fuertes implicaciones emocionales, ya que las hijas empiezan a compararse con sus madres y viceversa. Los papeles se cambian: las hijas le descubren a sus madres un mundo que les es desconocido —el de la actualidad, la moda, las nuevas formas de ver el mundo— y, en muchos casos, esto genera sentimientos de rivalidad. Esta nueva situación provoca juegos de aceptación y rechazo, alejamiento y acercamiento que tienen distintos significados para ambas.

Un estudio realizado en Gran Bretaña encontró que las discusiones entre madres e hijas que están en la adolescencia pueden ser positivas para su relación. Investigadores de la Universidad de Cambridge concluyeron que las adolescentes acostumbran a usar estas discusiones como “un medio de comunicación” con sus mamás.

La psicóloga Terri Apter, que participó en este proyecto, afirma que: “Las peleas suelen empezar prácticamente de la nada, pero suben de tono con rapidez hasta que se oye a la hija decir: ¡Te odio!, y la madre se enfada”. No obstante, agrega que: “las hijas suelen usar las discusiones para actualizar a sus madres acerca de sus vidas y decirles que lo que están haciendo es importante para ellas”.

Este mismo estudio encontró que las madres y sus hijas adolescentes tienen en promedio discusiones de 15 minutos cada dos días y medio. En cambio, los adolescentes hombres discuten con sus madres cada cuatro días y las discusiones duran seis minutos en promedio. Sin duda, este dato resume lo intrincada que es la relación madre-hija durante la adolescencia.

 

¿Una relación que madura?

Diversos autores argumentan que el matrimonio y la llegada de los hijos representan para las hijas una oportunidad para abrir una “tregua” con las madres, ya que esta nueva situación puede servir para que cada una se ponga en los zapatos de la otra y se reconozcan sin recelos. Al respecto, la escritora norteamericana Erica Jong, comenta: “Ahora que tengo una hija de diecinueve años comprendo todas las dificultades que pasó mi madre para criarnos. Incluso he llegado a sentir el impulso de ponerme de rodillas delante de mi madre y decirle: ‘¡Eres una heroína por el solo hecho de haber sobrevivido a tres hijas!’ Ahora mi hija me recrimina las mismas cosas que yo le recriminaba a mi madre. Cuando comienza con sus monólogos en los que no perdona a nadie con su ingenio mordaz, mi madre y yo nos miramos y sonreímos.”

En esta nueva etapa madres e hijas pueden reconocerse como iguales y dejar atrás muchas cosas que las distanciaban. Pero esto no significa que los conflictos desaparezcan, pues las diferencias entre ellas suelen seguir siendo motivo de disgustos y es muy común que reediten las discusiones de la adolescencia. La diferencia ahora es que las madres tienen un poder más limitado sobre sus hijas y estas últimas generalmente tienen menos deseos de contravenir a sus madres.

Lo cierto es que aún siendo adultas, muchas mujeres siguen teniendo una relación difícil con sus madres, incluso aunque se esfuercen por mejorarla. Asimismo, muchas madres que desean hacer felices a sus hijas, a veces actúan como si desearan lo contrario. Los testimonios sobre el tema son tan abundantes, que llenarían una biblioteca entera, ya que mujeres de todo tipo reconocen las dificultades con sus madres y, a pesar de esto, todas coinciden en subrayar lo importante que es para ellas este vínculo.

Un estudio de la Universidad de Park en Estados Unidos encontró que los lazos entre madres e hijas son sumamente fuertes y positivos. Entre 80 y 90% de las mujeres entrevistadas (que estaban entre los 40 y 60 años) afirmó que llevan una buena relación con su madre, aunque les gustaría que fuera todavía mucho mejor.

La Dr. Karen Fingerman, especialista en desarrollo humano y estudios de la familia sostiene que: “la relación entre madres e hijas adultas se caracteriza porque sus participantes manejan los enojos mejor que en cualquier otra relación”. Fingerman dice que aunque muchos aspectos de la relación cambian con el tiempo, ciertas cualidades emocionales permanecen constantes: “En particular, las madres siguen influyendo siempre en la forma como las hijas se valoran a sí mismas”, e incluso: “años después de que las hijas han crecido, ellas se siguen sintiendo culpables y avergonzadas cuando sus madres las critican y se sienten felices cuando sus madres se enorgullecen de ellas. De hecho, a las hijas les resulta difícil encontrar el equilibrio entre su deseo de complacer a sus madres y el hecho de tener que lidiar con los inconvenientes que surgen en su relación”.

 

¿Cómo hacer que funcione?

Para la mayoría de las madres e hijas, la cuestión estriba en cómo hacer que su relación funcione de la mejor manera y con el menor desgaste posible. Las madres y las hijas representan dos puntos diferentes del ciclo de la vida y, por lo tanto, sus desacuerdos son perfectamente normales. Aunque existen cientos de libros con consejos para mejorar esta relación, aquí ofrecemos algunas recomendaciones que pueden ser de gran utilidad para quienes buscan fortalecer los lazos con su madre o con su hija.

 

Tips para madres e hijas

  •  Ante todo, respeto mutuo. Es común que madres e hijas quieran imponerle a la otra su punto de vista, pero si ambas se aceptan como seres independientes y se convencen de que la otra pueda tener opiniones distintas sin que eso cambie su amor por ella, los conflictos tenderán a desaparecer.
  •  Habla con ella. Muchas diferencias podrían saldarse si tan sólo se pudiera hablar de ellas, pero desafortunadamente la comunicación no es el fuerte de todas nuestras relaciones y precisamente por ello es necesario desarrollarla. La comunicación se da a lo largo de toda la vida y no puede ser sustituida por una sola sesión para tratar sus diferencias. Las mejores conversaciones ocurren a pedacitos y a lo largo de los años.
  • Aprende a escuchar. Las madres y las hijas son personas distintas y necesariamente tienen perspectivas diferentes acerca de las cosas. Aprender a compartir y respetar esas diferencias puede enriquecer a ambas y fortalecer su relación.
  • Desarrolla tu tolerancia a la ambivalencia. Los sentimientos contradictorios entre madres e hijas son bastante normales, sobre todo cuando existen conflictos. Es posible lidiar con esos sentimientos en la medida que ambas se den la oportunidad de hablar abiertamente de lo que les molesta sin ofenderse y tratando de cuidar su relación.
  • Dile a tu madre o a tu hija cuánto la quieres, admiras y respetas. Es una cuestión casi universal: tanto las hijas como las madres dan por sentado su cariño hacia la otra porque está ahí y nadie lo cuestiona. No obstante, tener gestos de cariño y decirse lo mucho que se quieren es importante porque pone en evidencia la fuerza de este vínculo.
  • Disfruta su compañía. Así como hay muchas cosas que pueden separarlas, las madres y las hijas comparten un montón de cosas que las hacen disfrutar cuando están juntas. Concentrarse en lo que las une y no sólo en lo que las separa, puede ayudarlas a mejorar su relación.

 

Tips para madres

  • Toma conciencia del paso del tiempo. Aunque las madres suelen ver a las hijas como sus “pequeñas”, aquellas que logran verlas como adultas les facilitan el camino para tomar sus propias sus decisiones con seguridad.
  • Huye del chantaje. Muchas mamás acuden a él para que sus hijas cambien de opinión, pero estas actitudes además de ser poco respetuosas, no siempre logran lo que se proponen. Si tiendes al chantaje, mejor intenta hablar directamente con tu hija de lo que no te gusta.
  • Evita las comparaciones y la búsqueda del modelo perfecto. Una de las tareas más difíciles para las madres es conducir a sus hijas hacia el camino correcto, sobre todo en un mundo donde el papel de las mujeres se está resignificando constantemente. No obstante, piensa que tu hija necesita saber que la quieres por lo que ella es y no por lo lejos o cerca que está del modelo que de mujer que a ti te gustaría para ella.

 

Tips para hijas

  •  Acepta a tu madre como una persona con defectos. No le pidas que sea perfecta. Quizá una de sus fallas sea que no te entiende tan bien como te gustaría, pero eso no cambia su amor por ti.
  •  Piensa y actúa como adulta. Esto significa verte como persona aparte de tu madre e implica no culparla por tus problemas ni buscarla siempre para que te resuelva la vida. Recuerda que ser una persona adulta significa hacerse responsable de lo que una hace.
  • Valora su experiencia. Si bien muchas cosas cambian con el tiempo, hay constantes en la vida. Aunque las advertencias maternas suelen echarse en saco roto durante la juventud, las personas maduras se caracterizan por su capacidad de revalorar aquello que en otro momento habían ignorado.

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